Discurso de la ceremonia de Grados: “La memoria está viva”. Porque acá estamos y no acabamos de llegar.

Profesora titular: Carolina Alzate, PhD.

Escuela de Posgrados ArteHum y ArqDis.

Para empezar, una enorme felicitación a los graduandos de nuestras dos queridas facultades. A quienes se gradúan hoy de los posgrados en literatura, arte, historia del arte, música, periodismo y humanidades digitales, diseño y arquitectura. Su curiosidad y su compromiso con estos campos y disciplinas los condujo a los posgrados, permitió su ingreso y los reúne hoy acá, en este día de celebración. Mis palabras de hoy tienen que ver con el lugar de las universidades en la preservación de nuestros campos y, así, del lugar vital que les asignamos dentro de la construcción de mundos habitables para todos y lo que se juega en su preservación.

Yo estaba en Medellín cuando me enteré de la censura impuesta sobre sesenta y tres piezas –en la cuenta más reciente– de exposiciones permanentes del Museo Nacional. Este semestre –así medimos nuestras vidas quienes pertenecemos a la comunidad universitaria–ha estado lleno de cosas lindas para mí. No este intento de despojo, por supuesto. Pero durante estos días extraños corridos desde la segunda vuelta, y del 7 de agosto para acá, he tenido mucho para celebrar. No por coincidencia esos motivos de celebración nos sostienen y quiero compartirlos con ustedes, compartir la luz que significan y que necesitamos tanto.

Estaba en Medellín, les decía, por invitación de dos estudiantes de pregrado que coordinan el semillero Mujeres y Literatura de la Universidad de Antioquia. Jóvenes mujeres, algunos hombres también, a quienes no había visto nunca antes. Con las organizadoras había hablado un rato por Zoom meses atrás, a propósito de la invitación que me habían hecho para participar como conferencista en el coloquio. Al encontrarnos fue hermoso el beso en la mejilla; luego, el abrazo. Reconocerme en unos ojos que nunca antes había visto, pero que estaban llenos de lecturas compartidas; unidas nosotras tres por los libros que tenían en sus manos y que sabían que yo también había leído o escrito. Reconocernos. Y luego también en muchos otros y otras jóvenes del auditorio con quienes conversé y compartimos libros. Dos de ellas había viajado desde Tuluá, en el Valle del Cauca.

A la mañana siguiente vi los post de Causa Justa por el Aborto en Instagram. Hacen muy bien su trabajo; también en redes. La pieza que copié y compartí decía “La memoria está viva”. Sobre ella pensé, y escribí, para repostearla, que está viva porque acá estamos y no acabamos de llegar. Quisiera elaborar un poco sobre esto: la presencia y la conciencia de pasado y genealogías.

A lo largo de estos meses, por feliz conjunción de los astros, he podido trabajar con diversos grupos de estudiantes, incluidos, por supuesto, los de mis cursos en la Universidad de los Andes. Me han invitado también a dar conferencias en la Universidad del Valle y en la Universidad Nacional en Bogotá. Pregrado, maestría, doctorado. En esta época de simulacro digital he podido constatar lo que significa estar en presencia de otros cuerpos y de otras voces. No sé si sea una obviedad: esos otros cuerpos son los que conforman las verdaderas comunidades. En esos cuerpos y esos colectivos reside y se vive la memoria. En las voces que nos sabemos parte de una conversación que viene de atrás, de muy atrás. Por eso acá estamos y no acabamos de llegar. Nos conocemos sin conocernos, tenemos memoria compartida, estrategias ancestrales, aún si a veces recién recuperadas o todavía en recuperación. Es la gente en las manifestaciones y en la Clase a la Calle.

En estos días alguien en Instagram decía que, sin rebajar por supuesto el atropello que significa la censura, el efecto que tuvo ese acto fue sacar los afiches o los grabados censurados a la calle, en reproducciones, y traerlos a una nueva vida. Qué significa ver circulando otra vez, y justo ahora, la séptima papeleta; el afiche de campaña de Bernardo Jaramillo Osa, “Porque Colombia es un sueño de todos”; La cosecha de los violentos de Alfonso Quijano, de 1968, tan aterradoramente actual; la bandera de la diversidad; el afiche de la Casa de la Mujer del 25 de noviembre de 1989 “Por un día sin violencia ni en la casa ni en el país”. Habían retirado también piezas de las tradiciones afrodescendientes. El afiche amarillo de la Casa de la Mujer fue justo la pieza me salió al mirar en Instagram “Qué pieza censurada eres según tu signo”: “Cáncer”, decía ese post, “Cáncer protege su hogar y siente con el cuerpo entero”. Por eso digo que los astros se han conjugado para sostenerme, y sé que a muchos también. Una mujer cáncer es lo que soy, una mujer cáncer feminista.

El post del que les hablé celebraba ver todas esas imágenes de nuevo circulando gracias a manifestantes que decidieron de manera brillante reproducirlas por centenares y llevarlas a la calle. Según el post también, Theodor Adorno sugería una cercanía conceptual entre las palabras museo y mausoleo. Por supuesto el lugar de estas piezas en el museo es fundamental para la manera como nos entendemos como país y lo que ello tiene que ver con proyectos de futuro. Sin embargo, verlas circulando en las calles, apropiadas por nuevas manos décadas después, leídas masivamente y en voz alta, no deja de traerlas de nuevo a la vida, a una nueva vida, la del retorno. Hacerlas memoria viva.

Eso es lo que he sentido en cada interacción con grupos de estudiantes a lo largo del semestre, acá en la universidad, en la ciudad universitaria de la Nacional, en Cali, en Medellín. Las personas que trabajamos en la academia, yo al menos, tengo muy presente siempre la restringida circulación de las cosas que escribimos. Este semestre, en especial, ese sentimiento de claustrofobia desapareció. No sé cuántas vidas ha tocado la escritura de mujeres que divulgo, las lecturas sobre ellas que comparto, pero ahora sé que no son pocas y que hacen brillar los ojos. Montserrat Ordóñez en 1989 cierra un artículo que escribió justamente sobre “Investigación y literatura” diciendo que, así como decía Virginia Woolf, “perduraremos no en las pequeñas vidas aisladas que vivimos como individuos, sino en la vida común que es la verdadera”. Y continúa: “Permanencia, diálogos interminables y una extraña forma de calmar el dolor de vivir es lo que la literatura y su estudio, casi siempre, y no exclusivamente, nos proporcionan”. Montserrat, mi mentora, era profesora de nuestra universidad y confiaba en esa permanencia. Yo decido confiar con ella en esa vida común. La obra de Montserrat, como la de toda buena escritora (y escritor), es en buena medida reescritura. De hecho, las mujeres se abrieron paso como escritoras a partir de su conciencia como lectoras, grandes lectoras que querían intervenir las bibliotecas que no les abrían paso sino como amadas muertas.

El motivo del encierro y de la lucha contra la muerte está muy presente en la escritura de ellas. Quiero leer uno de esos diálogos literarios, dos poemas. La lectura en voz alta es un acto de amor, decía un antiguo estudiante mío en estos días. No quiero perder esta oportunidad para leerles. El primer poema es de Rosario Castellanos, escritora mexicana nacida en 1925. El segundo, de Montserrat Ordóñez (1941-2001), de la generación siguiente. Este es “Meditación en el umbral”, de Rosario Castellanos:

No, no es una solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolsoi
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.
Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

Escribir, pues. Hacer memoria, genealogía, reescritura. Personajes de libros y escritoras que se juegan en sus palabras la vida misma. El poema de Montserrat Ordóñez que voy a leerles se titula “Iris”, y es uno de los últimos poemas que escribió, en la Navidad de 1999 al 2000. Por eso los nueves y los ceros que escucharán en breve. Acá el poema:

Otro modo de ser quería Rosario, meditando en el umbral.
Otro modo de ser humano y libre,
no sabemos aún cómo y dónde,
porque no, no hay solución, decía,
pensando en Teresa, en Juana,
en Jane y Emily,
en Emma, en Ana.

No sabemos cómo ser.  Tal vez lo que no ser.
Y sé que no quiero oír hablar de guerra ni de paz,
no quiero túneles de espejos de honduras mentirosas.
No quiero destruidos mis veranos de trigo
y amapolas, por palabras rasgadas y esquinas rotas.
No es paz y amor.  Ya no por el horror, por cualquier cosa
se aguan los ojos.  Primero, lágrimas.
Lágrimas de sal después de las de sangre.
De espejo y de lluvia, perdidas en el mar.

En ciclos reincidentes.  Por eso,
salmuera.  Para mezclar los nueves y los ceros.
Lágrimas, con razón, sin lugar,
por el perdón deforme y las gracias enormes,
en el sol de diciembre,
por el canto y la risa, el corcho del pesebre,
el trabajo bien hecho, la sorpresa,
la noche y la caricia.  Tal vez también la estrella.
La promesa.
Por eso,
no más lágrimas tragadas.
Pasaré los milenios y los siglos con iris empañados
por el tiempo de lágrimas perdido.
Porque
es tiempo de llorar.  Tiempo difícil.
De miedo y de deseo.
Cuando Helena pretende lo imposible, Iris la Taumántide
con sus múltiples colores le envuelve la mirada…
Y en ese instante, a pesar de su luz, ella no puede verse
sus propios ojos húmedos.
Resiste: un arco iris.

Esto es lo que brilla, de manera literal o en rescritura, en los ojos de las y los jóvenes que me han rodeado y sostenido en estos meses: ese diálogo interminable que hace que en nuestras palabras vivan de nuevo las de otras y otros, nuestra palabra y nuestros cuerpos como lugar de esa memoria viva. Porque acá estamos y no acabamos de llegar: podemos incluso saber cómo llegamos, y sostenernos allí entre todas, todos.

En épocas de simulacro y de granjas de bots, nada iguala el acontecimiento de reunirnos, de juntarnos. Constatar nuestra existencia y mirarnos a los ojos. Algo ocurre cuando los cuerpos se juntan, cuando el libro se sostiene impreso en la mano, cuando unas manos imprimen y pegan el afiche de nuevo. La potencia de la presencia de los cuerpos, del papel, de la mirada, es arrolladora.

He estado hablando todo este tiempo de los estudiantes. También de lo que significan para nosotros como profesores y como universidad. La universidad no es el único lugar de memoria, pero sí es uno vital en su recuperación, en las formas de dar sentido y en su conservación. Eso ocurre en las clases, los talleres, las investigaciones. Allí repetimos gestos a veces sin saberlo, y los reinscribimos y actualizamos. Allí recordamos, retamos y reinscribimos las líneas, formas, palabras y sonidos que nos ayudan a darles nombres y formas a nuestros dolores, necesidades y luchas, a leer nuestro mundo como producto cultural en el cual, por supuesto, intervenimos. Nuestros campos y disciplinas son repositorios ancestrales de preguntas, herramientas y estrategias. Quienes estamos aquí las hemos recibido a lo largo de nuestras vidas, en un movimiento que no se detiene y que no va solo de arriba hacia abajo ni de los mayores a los jóvenes, ni respeta cronologías estrechas de pasado a presente a futuro. Es la memoria de lo simultáneo, del presente en el que sabemos viven el pasado y la forma del futuro. Por estas razones quiero felicitar a las personas que hoy se gradúan, pero sobre todo agradecerles las conversaciones y los proyectos que han propuesto y en los que han aceptado participar. Son parte vital de la memoria viva y sabemos que podemos contar con ustedes. Somos memoria. Porque acá estamos y no acabamos de llegar.

Muchas gracias.

Profesora titular: Carolina Alzate, PhD.

Discurso de la ceremonia de Grados: “La memoria está viva”. Porque acá estamos y no acabamos de llegar.

Escuela de Posgrados ArteHum y ArqDis.

Profesora titular: Carolina Alzate, PhD.

Para empezar, una enorme felicitación a los graduandos de nuestras dos queridas facultades. A quienes se gradúan hoy de los posgrados en literatura, arte, historia del arte, música, periodismo y humanidades digitales, diseño y arquitectura. Su curiosidad y su compromiso con estos campos y disciplinas los condujo a los posgrados, permitió su ingreso y los reúne hoy acá, en este día de celebración. Mis palabras de hoy tienen que ver con el lugar de las universidades en la preservación de nuestros campos y, así, del lugar vital que les asignamos dentro de la construcción de mundos habitables para todos y lo que se juega en su preservación.

Yo estaba en Medellín cuando me enteré de la censura impuesta sobre sesenta y tres piezas –en la cuenta más reciente– de exposiciones permanentes del Museo Nacional. Este semestre –así medimos nuestras vidas quienes pertenecemos a la comunidad universitaria–ha estado lleno de cosas lindas para mí. No este intento de despojo, por supuesto. Pero durante estos días extraños corridos desde la segunda vuelta, y del 7 de agosto para acá, he tenido mucho para celebrar. No por coincidencia esos motivos de celebración nos sostienen y quiero compartirlos con ustedes, compartir la luz que significan y que necesitamos tanto.

Estaba en Medellín, les decía, por invitación de dos estudiantes de pregrado que coordinan el semillero Mujeres y Literatura de la Universidad de Antioquia. Jóvenes mujeres, algunos hombres también, a quienes no había visto nunca antes. Con las organizadoras había hablado un rato por Zoom meses atrás, a propósito de la invitación que me habían hecho para participar como conferencista en el coloquio. Al encontrarnos fue hermoso el beso en la mejilla; luego, el abrazo. Reconocerme en unos ojos que nunca antes había visto, pero que estaban llenos de lecturas compartidas; unidas nosotras tres por los libros que tenían en sus manos y que sabían que yo también había leído o escrito. Reconocernos. Y luego también en muchos otros y otras jóvenes del auditorio con quienes conversé y compartimos libros. Dos de ellas había viajado desde Tuluá, en el Valle del Cauca.

A la mañana siguiente vi los post de Causa Justa por el Aborto en Instagram. Hacen muy bien su trabajo; también en redes. La pieza que copié y compartí decía “La memoria está viva”. Sobre ella pensé, y escribí, para repostearla, que está viva porque acá estamos y no acabamos de llegar. Quisiera elaborar un poco sobre esto: la presencia y la conciencia de pasado y genealogías.

A lo largo de estos meses, por feliz conjunción de los astros, he podido trabajar con diversos grupos de estudiantes, incluidos, por supuesto, los de mis cursos en la Universidad de los Andes. Me han invitado también a dar conferencias en la Universidad del Valle y en la Universidad Nacional en Bogotá. Pregrado, maestría, doctorado. En esta época de simulacro digital he podido constatar lo que significa estar en presencia de otros cuerpos y de otras voces. No sé si sea una obviedad: esos otros cuerpos son los que conforman las verdaderas comunidades. En esos cuerpos y esos colectivos reside y se vive la memoria. En las voces que nos sabemos parte de una conversación que viene de atrás, de muy atrás. Por eso acá estamos y no acabamos de llegar. Nos conocemos sin conocernos, tenemos memoria compartida, estrategias ancestrales, aún si a veces recién recuperadas o todavía en recuperación. Es la gente en las manifestaciones y en la Clase a la Calle.

En estos días alguien en Instagram decía que, sin rebajar por supuesto el atropello que significa la censura, el efecto que tuvo ese acto fue sacar los afiches o los grabados censurados a la calle, en reproducciones, y traerlos a una nueva vida. Qué significa ver circulando otra vez, y justo ahora, la séptima papeleta; el afiche de campaña de Bernardo Jaramillo Osa, “Porque Colombia es un sueño de todos”; La cosecha de los violentos de Alfonso Quijano, de 1968, tan aterradoramente actual; la bandera de la diversidad; el afiche de la Casa de la Mujer del 25 de noviembre de 1989 “Por un día sin violencia ni en la casa ni en el país”. Habían retirado también piezas de las tradiciones afrodescendientes. El afiche amarillo de la Casa de la Mujer fue justo la pieza me salió al mirar en Instagram “Qué pieza censurada eres según tu signo”: “Cáncer”, decía ese post, “Cáncer protege su hogar y siente con el cuerpo entero”. Por eso digo que los astros se han conjugado para sostenerme, y sé que a muchos también. Una mujer cáncer es lo que soy, una mujer cáncer feminista.

El post del que les hablé celebraba ver todas esas imágenes de nuevo circulando gracias a manifestantes que decidieron de manera brillante reproducirlas por centenares y llevarlas a la calle. Según el post también, Theodor Adorno sugería una cercanía conceptual entre las palabras museo y mausoleo. Por supuesto el lugar de estas piezas en el museo es fundamental para la manera como nos entendemos como país y lo que ello tiene que ver con proyectos de futuro. Sin embargo, verlas circulando en las calles, apropiadas por nuevas manos décadas después, leídas masivamente y en voz alta, no deja de traerlas de nuevo a la vida, a una nueva vida, la del retorno. Hacerlas memoria viva.

Eso es lo que he sentido en cada interacción con grupos de estudiantes a lo largo del semestre, acá en la universidad, en la ciudad universitaria de la Nacional, en Cali, en Medellín. Las personas que trabajamos en la academia, yo al menos, tengo muy presente siempre la restringida circulación de las cosas que escribimos. Este semestre, en especial, ese sentimiento de claustrofobia desapareció. No sé cuántas vidas ha tocado la escritura de mujeres que divulgo, las lecturas sobre ellas que comparto, pero ahora sé que no son pocas y que hacen brillar los ojos. Montserrat Ordóñez en 1989 cierra un artículo que escribió justamente sobre “Investigación y literatura” diciendo que, así como decía Virginia Woolf, “perduraremos no en las pequeñas vidas aisladas que vivimos como individuos, sino en la vida común que es la verdadera”. Y continúa: “Permanencia, diálogos interminables y una extraña forma de calmar el dolor de vivir es lo que la literatura y su estudio, casi siempre, y no exclusivamente, nos proporcionan”. Montserrat, mi mentora, era profesora de nuestra universidad y confiaba en esa permanencia. Yo decido confiar con ella en esa vida común. La obra de Montserrat, como la de toda buena escritora (y escritor), es en buena medida reescritura. De hecho, las mujeres se abrieron paso como escritoras a partir de su conciencia como lectoras, grandes lectoras que querían intervenir las bibliotecas que no les abrían paso sino como amadas muertas.

El motivo del encierro y de la lucha contra la muerte está muy presente en la escritura de ellas. Quiero leer uno de esos diálogos literarios, dos poemas. La lectura en voz alta es un acto de amor, decía un antiguo estudiante mío en estos días. No quiero perder esta oportunidad para leerles. El primer poema es de Rosario Castellanos, escritora mexicana nacida en 1925. El segundo, de Montserrat Ordóñez (1941-2001), de la generación siguiente. Este es “Meditación en el umbral”, de Rosario Castellanos:

No, no es una solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolsoi
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.
Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.

Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

Escribir, pues. Hacer memoria, genealogía, reescritura. Personajes de libros y escritoras que se juegan en sus palabras la vida misma. El poema de Montserrat Ordóñez que voy a leerles se titula “Iris”, y es uno de los últimos poemas que escribió, en la Navidad de 1999 al 2000. Por eso los nueves y los ceros que escucharán en breve. Acá el poema:

Otro modo de ser quería Rosario, meditando en el umbral.
Otro modo de ser humano y libre,
no sabemos aún cómo y dónde,
porque no, no hay solución, decía,
pensando en Teresa, en Juana,
en Jane y Emily,
en Emma, en Ana.

No sabemos cómo ser.  Tal vez lo que no ser.
Y sé que no quiero oír hablar de guerra ni de paz,
no quiero túneles de espejos de honduras mentirosas.
No quiero destruidos mis veranos de trigo
y amapolas, por palabras rasgadas y esquinas rotas.
No es paz y amor.  Ya no por el horror, por cualquier cosa
se aguan los ojos.  Primero, lágrimas.
Lágrimas de sal después de las de sangre.
De espejo y de lluvia, perdidas en el mar.

En ciclos reincidentes.  Por eso,
salmuera.  Para mezclar los nueves y los ceros.
Lágrimas, con razón, sin lugar,
por el perdón deforme y las gracias enormes,
en el sol de diciembre,
por el canto y la risa, el corcho del pesebre,
el trabajo bien hecho, la sorpresa,
la noche y la caricia.  Tal vez también la estrella.
La promesa.
Por eso,
no más lágrimas tragadas.
Pasaré los milenios y los siglos con iris empañados
por el tiempo de lágrimas perdido.
Porque
es tiempo de llorar.  Tiempo difícil.
De miedo y de deseo.
Cuando Helena pretende lo imposible, Iris la Taumántide
con sus múltiples colores le envuelve la mirada…
Y en ese instante, a pesar de su luz, ella no puede verse
sus propios ojos húmedos.
Resiste: un arco iris.

Esto es lo que brilla, de manera literal o en rescritura, en los ojos de las y los jóvenes que me han rodeado y sostenido en estos meses: ese diálogo interminable que hace que en nuestras palabras vivan de nuevo las de otras y otros, nuestra palabra y nuestros cuerpos como lugar de esa memoria viva. Porque acá estamos y no acabamos de llegar: podemos incluso saber cómo llegamos, y sostenernos allí entre todas, todos.

En épocas de simulacro y de granjas de bots, nada iguala el acontecimiento de reunirnos, de juntarnos. Constatar nuestra existencia y mirarnos a los ojos. Algo ocurre cuando los cuerpos se juntan, cuando el libro se sostiene impreso en la mano, cuando unas manos imprimen y pegan el afiche de nuevo. La potencia de la presencia de los cuerpos, del papel, de la mirada, es arrolladora.

He estado hablando todo este tiempo de los estudiantes. También de lo que significan para nosotros como profesores y como universidad. La universidad no es el único lugar de memoria, pero sí es uno vital en su recuperación, en las formas de dar sentido y en su conservación. Eso ocurre en las clases, los talleres, las investigaciones. Allí repetimos gestos a veces sin saberlo, y los reinscribimos y actualizamos. Allí recordamos, retamos y reinscribimos las líneas, formas, palabras y sonidos que nos ayudan a darles nombres y formas a nuestros dolores, necesidades y luchas, a leer nuestro mundo como producto cultural en el cual, por supuesto, intervenimos. Nuestros campos y disciplinas son repositorios ancestrales de preguntas, herramientas y estrategias. Quienes estamos aquí las hemos recibido a lo largo de nuestras vidas, en un movimiento que no se detiene y que no va solo de arriba hacia abajo ni de los mayores a los jóvenes, ni respeta cronologías estrechas de pasado a presente a futuro. Es la memoria de lo simultáneo, del presente en el que sabemos viven el pasado y la forma del futuro. Por estas razones quiero felicitar a las personas que hoy se gradúan, pero sobre todo agradecerles las conversaciones y los proyectos que han propuesto y en los que han aceptado participar. Son parte vital de la memoria viva y sabemos que podemos contar con ustedes. Somos memoria. Porque acá estamos y no acabamos de llegar.

Muchas gracias.

Ir a Notas