A veces dibuja, a veces escribe.
Sumados los años de su pregrado en Arte (1989-1995) y el tiempo que lleva como profesor de cátedra (2000-2001) y de planta (2003-2026), ha pasado más de la mitad de su vida dentro del campus de la Universidad de los Andes.
Sus intereses como profesor son muchos y variados. El dibujo, la escritura y el diseño son algunos: Taller de Cómic: del dibujo a la novela gráfica. El cine es otro: Arte y Cine es un curso masivo, abierto a estudiantes de toda la universidad, donde se ven películas completas, se escribe sobre ellas y al final se ruedan películas de un minuto. Un curso aparte es Arte y Cárceles: desde 2015, semestre a semestre y clase a clase, estudiantes cambian los predios de Los Andes por una cárcel, donde apoyan proyectos de arte y cultura junto a personas privadas de la libertad.
Hace poco se inició en Arte y Comunicación, un curso donde ejercicios concretos ponen a prueba la capacidad de comunicar e incluso, con algo más de arte, se explora la incomunicación. Hace exposiciones: individuales, colectivas, reales e inventadas, permanentes y efímeras. Le interesa el juego que propone una exposición en un espacio y un tiempo específicos, y la fricción que puede producir con el aquí y el ahora de quien la recorre. Tiene una práctica constante de escritura sobre y desde el arte, donde imagen abarca todo lo que puede estar en el rango de la imaginación humana, y se entiende que el arte es, como lo dijo Robert Filliou, lo que hace que la vida sea más interesante que el arte. Intenta ampliar los periodos de lo que entendemos por periodismo y concibe la escritura como un ejercicio de literatura pública capaz de retratar la comedia humana, y como ficción para entender todas nuestras otras ficciones —incluida la ficción de la universidad.
Tiene un problema con la autoridad, con el poder y con el dinero. Eso puede explicar por qué hizo Pobre Pobreza y Narcolombia con estudiantes y colegas, y por qué su texto y taller ¿De qué vive un artista? sigue despertando interés.
Alguna vez cayó de para arriba en lo institucional: fue nombrado Director, casi todo lo hecho fue borrado, y el único aporte que sobrevivió a ese corto verano de anarquía fueron los Talleres Individuales de Arte (TIA), para que estudiantes de pregrado puedan vivir experiencias por fuera de su lugar de residencia habitual.
Su única historia del arte es la de los estudiantes que ha conocido y los que está por conocer. Parte de esa historia vive en la Hoja González, donde la idea de un
estudiante tomó forma en una publicación que publica lo que se quiera hacer público y que, con el concurso de cientos de estudiantes, lleva ya más de 20 años.
Su epitafio dirá: «¡Por favor, paguen el dominio!». El resultado de ese último suspiro puede verse en su página de archivo: latoneriaypintura.co
