El tiempo es a la mente lo que el espacio es al cuerpo, dicen. Esta idea es como una herencia de categorías kantianas y de binarios cartesianos. El arte es capaz de hacer colapsar estas estructuras, particularmente a través de las instalaciones, que incorporan diversidad de medios y en las que el entorno no solo es contenedor sino parte integral de la obra.
Este género artístico contemporáneo, que tiene más de sesenta años, transforma los espacios en experiencias inmersivas y multisensoriales, en las que el espectador pasa a convertirse en parte activa e integral de la obra recorriéndola e interactuando con ella. Asimismo, los objetos pierden algo de su arrogante autosuficiencia y empiezan a depender de su relación con otros objetos, con el espacio que los alberga y con los participantes que los visitan para generar diversidad de sentido.
Esta exposición reúne las investigaciones de cinco jóvenes artistas que, desde lenguajes y materialidades diversas, proponen formas de habitar el tiempo y el espacio más allá de sus coordenadas convencionales. Se nutren de sus experiencias, sus conocimientos y sus deseos para crear dispositivos de extrañamiento, de interrupción de la rutina perceptiva de nuestra cotidianidad. Enfrentados, por lo demás, a esta magnífica locación de Odeón, ya bastante enrarecida en el tiempo y en el espacio.
A partir de una experiencia de duelo, Camilo José Martín explora el río mediante formas de dibujo expandido en su proyecto Mirada en flujo. El río, que ya en su origen es dibujo en el territorio, es evacuado en su representación paisajística en carboncillo, como señalando de nuevo la ausencia, para ser luego objetualizado: se hace papel, se hace hilo, se hace seco, se hace vertical. En el proceso se reduce y se amplía, se aísla y se conecta al mismo tiempo, qué paradoja. Mientras más se busca, menos se encuentra, tal vez porque el río de la muerte, el río del cambio, el río metafísico no volverá a ser el mismo nunca más.
El agua también es una presencia virtual en Pliegues, repliegues y despliegues: los ritmos del barro, de José Luis Rodríguez, por el papel que cumple en su origen material y en la aparente función de sus formas, aunque por supuesto el elemento central es la tierra. Unos “cuerpos cerámicos” evocan recipientes y cuencos tradicionales, pero están subvertidos o pervertidos en su diseño y utilidad, centrándose física y filosóficamente en la noción de pliegue. Este aparece como forma de pensamiento y como registro de fuerzas geológicas, humanas y afectivas que moldean el material. La obra propone una temporalidad particular, soterrada, vinculada a procesos de sedimentación, presión y cambio, donde el barro conserva memorias de movimiento incluso en su aparente quietud.
En Hipólito, Sinécdoque, instalación multimedia de Camilo Contreras, la estructura temporal se organiza como un bucle onírico donde mito, deseo y memoria autobiográfica se superponen. Con una puesta en escena de lógica voyerista, el proyecto reinterpreta la tragedia griega en clave queer y desestabiliza la distancia entre espectador e imagen. El espacio expositivo funciona como una zona de tránsito entre la conciencia y el inconsciente, entre lo visible y lo reprimido, obligando al visitante a ocupar una posición ambigua dentro de aquello que observa.
El Arte es para Niños, de Lily Vásquez, desplaza la atención hacia el cuerpo del público y sus formas de interacción con el espacio artístico. A través de luz, movimiento, transparencia y dispositivos manipulables, la obra cuestiona las conductas disciplinadas del espectador tradicional e invita a recuperar una relación más intuitiva, lúdica y sensorial con el entorno. Aquí, el tiempo se experimenta desde el juego y la exploración libre, mientras el espacio se transforma continuamente por la participación de quienes lo atraviesan.
Finalmente, Ud., de Hernán Guzmán, explora el sonido, la repetición y el ruido como mecanismos para erosionar la identidad. A partir de una estructura cercana a la ópera, pero desplazada de sus convenciones, la obra construye un espacio escénico donde lenguaje, cuerpo y materialidad sonora producen zonas de indeterminación. La reiteración de la palabra “usted” la vacía progresivamente de su sentido, generando una experiencia temporal marcada por la insistencia, el eco y la pérdida de estabilidad del significado.
Se asume generalmente que la instalación como forma artística viene de la escultura, la cual ya habita naturalmente las tres dimensiones del espacio. Otros artistas y teóricos más temerarios declaran que la instalación es una extensión de la pintura, que se hace espacial y es como si finalmente se pudiera penetrar. Podríamos afirmar que la instalación es una consecuencia de la actividad performativa, donde incluso los objetos son consecuencia de una dinámica activa de producción, o estadios intermedios de un proceso a mayor escala que nunca se acaba.
En conjunto, estas obras proponen pensar el arte como una práctica de atención sobre aquello que cambia, se pliega, se repite o desaparece. Agua, luz, sonido, tiempo, todos maleables y evanescentes, son materiales de construcción tan legítimos como el barro y el papel. La exposición permite recorridos en muchas direcciones donde el tiempo no avanza linealmente y el espacio no permanece fijo, sino que se transforma continuamente en relación con quienes lo habitan. Lo más normal es con frecuencia lo más extraño.
– Juan Mejía.